domingo, julio 02, 2006

Bodegas que pasan por el esteticista

El Monasterio de San Miguel de Xagoaza, en O Barco de Valdeorras, es ahora la sede de la prestigiosa Viña Godeval

No es difícil identificar bodegas cuando uno hace un viaje por carretera a través de la Península Ibérica y cruza la Rioja, Toro o la ribera del Duero: esos edificios altos de ladrillo, feos, con algún desconchón y de planta octogonal. Durante mucho tiempo –e incluso en el caso de marcas de vinos que aspiraban al lustre y a mesas de buen paño- la bodega era el mal menor, algo así como el caótico trastero de la casa, el que nunca esperas enseñar a los invitados. Pero claro, a veces el electricista, el fontanero o la chica que has invitado a cenar se te mete por error pensando que es el baño y en ese momento buscas una pala para enterrarte bien hondo.

Afortunadamente, en los últimos años, con el auge del enoturismo y la existencia de un gran número de parejas viajeras de fin de semana que recrean Entre copas en el patrio terruño, los bodegueros han comprendido la necesidad de que la bodega ya no es sólo un almacén, sino el centro de una identidad, de un valor asociado al vino. La bodega como propuesta estética. La bodega como un lugar para invitados, o clientes, que en este negocio puede ser lo mismo.

En mi opinión, una de las bodegas más hermosas de la Península es Viña Godeval, en O Barco de Valdeorras (Ourense), en el centro de una minúscula denominación de origen, la Valdeorras, que está dando importantes sorpresas en los últimos años, pero con un enorme pasado de cuidados vinícolas. Antes de entrar en la villa de O Barco, uno tuerce a la derecha en dirección al Monasterio de Xagoaza. A partir de ahí, todo se va haciendo más y más pequeño: la carretera se convierte en un camino que se desliza entre las casas de las aldeas como un ratón, el campo de visión se reduce al penetrar en un mesto bosque del que surgen legiones de helechos y silvas entre robles y ameneiros. Las montañas que construyen este estrecho valle se estrechan hasta parecer una frondosa pista de skate. Al final de este valle, en esta estrechez, está el Monasterio de San Miguel de Xagoaza, una joya de mil años que perteneció a la orden militar de San Miguel de Malta, coetánea de los templarios. Los caballeros dejaron su marca gravada en varias piedras nobles. Tras su abandono, Xagoaza se fue derrumbando como un castillo de arena hasta que en 1988 comenzaron los actuales trabajos de restauración. Hoy, el convento acoge los lagares y las bodegas de uno de los mejores y más reconocidos blancos del país: Viña Godeval, recientemente seleccionado como uno de los 100 mejores blancos de menos de 10 euros por Wine Spectator. Se trata de un finísimo godello que a mi me recuerda, en su ligereza, a los chardonnays franceses. Posiblemente, esta lectura internacional sea la clave de su éxito en los locales de moda de Manhattan. Desde el monasterio suben por la propiedad los viñedos, hermosísimos, escondidos y rodeados por el bosque, con las cepas muy separadas entre si, y un silencio húmedo, una soledad humana aplastante. Algún zorro nórdico recorre las cepas, olfatea las uvas, se pierde la vegetación.

Y el convento continúa en reposo por otros mil años...

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